El primogénito Brujah

En su día gobernaron como reyes filósofos, pero, en la actualidad, la descripción que mejor define a los Brujah es la de un clan de visionarios violentos y rebeldes con sed de venganza. En su absurdo empeño de coexistir en paz con el ganado humano, los Brujah elevaron la ciudad de Cartago a la categoría de olimpo. Cuando el Imperio romano y mis congéneres los derrotaron, también cambiaron el rumbo de la historia, y los Brujah se convirtieron en lo que son ahora.

Cada cien años, aproximadamente, la Chusma se une a las revueltas de los mortales y beben ríos de sangre azul mientras agitan y enardecen a las masas revolucionarias. Si bien es cierto que muchos de ellos se preocupan de verdad por el bienestar de los oprimidos, sus remedios siempre quedan empañados por la furia y la falta de autocontrol.

La mayoría de los Brujah se sumaron a los Anarquistas en la Primera Convención de Praga, como cabía esperar, pero los pocos que nos guardaron fidelidad son nuestros mejores soldados. Nuestro fiel Kirill, un guerrero bohemio de finales de siglo XIV, Sheriff y Azote de la ciudad, constituye el mejor ejemplo.

Kirill se llevó un desencanto tremendo tras presenciar el horror de la Gran Guerra y la Revolución de Octubre, por lo que consagró sus colmillos y su hoja al Príncipe de su antigua ciudad y se ha mantenido leal hasta la fecha. Cuando necesito a una mente pensante que confabule, llamo a Maia. Si lo que quiero es que un juzgado arda hasta los cimientos o que arrasen un dominio Anarquista, recurro a Kirill.

Kirill encarna el ejemplo perfecto de lo que yo llamo un "Vándalo". Sus tácticas me recuerdan a los métodos que empleaban los bárbaros para dispersar y confundir a las patrullas romanas. Los Vándalos siempre atacan en primer lugar, hacen temblar el suelo con una fuerza sísmica y aturden a coteries enteras de unidades defensivas. El problema es que la mayoría de los Vándalos forman parte de los Anarquistas, y, al igual que Kirill, tienen la habilidad de alimentarse en pleno derramamiento de sangre y curarse mientras luchan. Así que conviene mantener las distancias con ellos durante la batalla, aunque resulta más fácil decirlo que llevarlo a la práctica.

Cuando concluyó la última convención, salí a cazar a un grupo de Anarquistas estadounidenses. Uno de ellos, un Bruto hembra, se giró sin previo aviso y usó su fuerza y su velocidad sobrenaturales para arrojarnos los pedazos de escombros y pavimento que arrancaba. Las balas de 7,62 mm de mis guardias rebotaron por los restos del caos que había sembrado, y tuve que frenarme en seco para esquivar una farola que se me venía encima. Al Bruto hembra le bastó ese mínimo instante para acometer un segundo ataque, y arremetió contra nosotros. Logramos subyugarla entre todos, de milagro, pero, aunque la convertimos en cenizas, sus aliados lograron escapar.

Tanto los Vándalos como los Brutos se sirven de su fuerza sobrenatural para irrumpir en los combates a lo grande. Atacan rápido y de forma contundente. Por suerte, yo tengo la habilidad de endurecer la piel hasta volverla como la piedra para contrarrestar sus agresiones, pero no todos mis súbditos pueden decir lo mismo.

Mientras plasmo estas palabras sobre el papel, siento una inmensa gratitud por contar con Kirill entre mis tropas, ya que los Anarquistas de Praga temen su furia, y con razón. Eso los mantiene a raya. Pero el hecho de que por cada seis Brujah rebeldes solo uno me guarde lealtad supone uno de los mayores retos de mi reinado.

– Fragmento de "Reflexiones del Príncipe Markus: sobre la amenaza de los Prometeos".

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